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martes, 11 de abril de 2017

El impactante video que plantea cómo se destruye la creatividad de los niños

Fuente: Infobae.



Un proyecto español, ganador del Goya 2016, se centra en la necesidad de que los padres permitan que sus hijos dejen volar su imaginación como complemento de lo adquirido en la escuela. El video de un éxito que tiene más de 5 millones de reproducciones

"La educación infantil para niños menores de 7 años está excesivamente centrada en lo que sucede en la escuela: la lectura, la escritura y el aprendizaje de inglés". Las palabras son de Daniel Martínez Lara, director español de cine que logró más de 5 millones de reproducciones con su corto Alike, publicado en canales masivos como YouTube y Vimeo.

El cortometraje que dura 8 minutos plantea la relación de un padre (Copi) y su hijo (Paste), en medio de una vorágine de reglas establecidas y normas que impone la rutina. Al convertirse en padre, el director Daniel Martínez Lara empezó a plantearse qué es lo que más conviene a los hijos en sus primeros años de vida. El relato, protagonizado por personajes lo más asexuados posible y sin raza concreta y ambientado en un lugar sin patria definida, intenta ser universal en todos los sentidos.

"Los conocimientos adquiridos en la escuela son muy importantes, pero quizá a esa edad deberían estar aprendiendo a ser creativos, a cómo vivir en grupo y otros valores más necesarios que saber los números en inglés", señaló Martínez.

En la historia expuesta, Alike plantea una reflexión que no conoce fronteras y que, sin buscar adoctrinar, sí tiene como objetivo remarcar la importancia de las relaciones familiares, atendiendo los reclamos y necesidades de los niños, quienes muchas veces expresan sus sentimientos y pensamientos de modo poco ortodoxos.

Alike ganó el Goya como mejor cortometraje de animación de 2016, aunque por ese entonces las visitas al material eran escasas. "En ese momento nos felicitaban por haber ganado un premio; ahora que la gente ha podido acceder a la película, nos felicitan por su calidad", apunta Rafael Cano Méndez, quien acompañó a Martínez en la dirección del corto español.

En España, el corto se ha cedido a la base de datos del Ministerio de Educación para que los profesores puedan acceder a él de forma gratuita y se lo muestren a sus alumnos. "Era una forma de prolongar ese sentimiento de comunidad que nos hemos encontrado en Internet", comentan los dos padres del proyecto.


Una profesora en el espacio

Si, una profe en espacio. No, no es una locura. O si lo fue, mejor dicho. Ya todos sabemos el trágico final. Sin embargo, cuando la vida te va trasladando de casillero en casillero uno puede llegar a ver los acontecimientos desde otra perspectiva. Ahora soy una profesora, igual que lo fue Christa McAuliffe.
Y me pregunto: ¿Por qué querer ir al espacio? 
O tal vez debería preguntarme ¿Para qué?...

"Al convertirse en la primera maestra en el espacio, McAuliffe tenía un plan de clase todo listo para enseñar al mundo en 1986. Millones de niños se han preparado para las lecciones en vivo y grabadas desde el espacio, pero nunca tuvieron la oportunidad."


¿Para qué? Para enseñar. Con la salvedad que Christa iba a cambiar de aula. Ella iba a cambiar las cuatro paredes blancas de algún instituto de los Estados Unidos por las paredes negras infinitas del universo: Tengo una visión del mundo como una aldea global, un mundo sin fronteras. ¡Imagina un profesor de historia que hace historia!” 



La vocación es algo que se ve y se siente. Y lamentablemente hoy, es una palabra que muchos la usan para defenestrar a los docentes. La ausencia de ésta es un prejuicio a viva voz y muchos parecen señalarnos con el dedo diciendo frases como "los docentes de hoy no tienen vocación". Pero lo que la gente no sabe es que eso que llaman docentes no es una masa homogénea e indivisible. Somos personas. Cada una con nuestra propia historia. Cada una con la posibilidad de hacer nuestro mejor trabajo poniendo nuestro mejor esfuerzo. Por eso, cuando hay nombres que resaltan por encima de otros, cuando hay experiencias que se transforman en ejemplo, cuando hay personas que superan sus miedos e inseguridades en pos de pensar en el futuro (de pensar en ellos, los estudiantes) entonces, creo yo, hay vocación.

Un alumno que vivió este acontecimiento extraordinario relata así sus impresiones (Fuente- El mundo)

PABLO JÁUREGUIMADRID.-
Nunca olvidaré aquella espeluznante bola de fuego en la que se convirtió el 'Challenger' el 28 de enero de 1986, pocos segundos después de su lanzamiento.
En ese momento yo tenía 13 años, y llevaba viviendo en Estados Unidos desde 1980, cuando mi familia se mudó de Madrid a Los Angeles porque mi padre -el antropólogo José Antonio Jáuregui- inició su etapa como profesor en la Universidad del Sur de California. Aquella misión de los shuttle había generado una impresionante expectación a lo largo y ancho del país, pero sobre todo en las escuelas, ya que por primera vez iba a volar al espacio una ciudadana de a pie, y la elegida era una maestra soñadora de New Hampshire llamada Christa McAuliffe.
Desde hacía semanas, en todas las aulas estadounidenses, los alumnos habíamos sido bombardeados por nuestros profesores con lecciones y discursos sobre esta «heroína ejemplar de América». McAuliffe había sido seleccionada entre unos 12.000 candidatos para convertirse en la primera astronauta amateur del programa Teachers in Space (Maestros en el Espacio), un proyecto inventado por la Administración de Ronald Reagan para revitalizar el decadente programa espacial estadounidense. El objetivo era recuperar como fuera el heroísmo grandioso de los tiempos del programa Apollo, y acercar la exploración espacial a toda la sociedad, mediante la participación de 'ordinary people', americanos corrientes como la profe Christa McAuliffe, en la conquista del cosmos.
¿Quién se acordaba ya de los tiempos gloriosos del "gran paso para la Humanidad" que dio Neil Armstrong sobre la Luna, y de aquellos discursos apoteósicos del presidente Kennedy, cuando dijo que los americanos se habían embarcado en esa aventura «no porque es fácil, sino precisamente porque es difícil»? El espacio había perdido buena parte de su dimensión épica, pero la carismática figura de Christa McAuliffe, que quería ver la Tierra desde el espacio «para poder contárselo a todos los alumnos de América», había inyectado una nueva dosis de heroísmo a las misiones de la NASA.
Teniendo en cuenta este intenso sentimiento de adoración colectiva que se había generado en todos los colegios del país hacia la valiente maestra y sus seis compañeros del 'Challenger', el impacto que tuvo la explosión del transbordador, retransmitida en directo por todas las televisiones, fue demoledor. Tras poco más de un minuto durante el que todos aplaudíamos y gritábamos de júbilo porque Christa había iniciado con éxito su odisea en el espacio, llegó el tremebundo estallido de llamas, humo, aullidos de pánico...y luego silencio, un silencio sepulcral en la plataforma de Cabo Cañaveral, donde estaban el marido y los dos niños -de seis y nueve años- de la maestra astronauta, que habían ido allí para verla viajar a las estrellas en primera fila.
El mismo silencio que se apoderó de mi aula californiana, y seguro que de todas las aulas de América, al ver la nave de nuestra heroína reventar en el cielo de Florida. En aquel momento, todos enmudecimos, con intensos nudos en la garganta y lágrimas en los ojos, ante la brutal obviedad de una muerte inmediata que nos parecía insoportablemente injusta y cruel.
Recuerdo también la estupefacción, e incluso la indignación, con la que nos miramos todos cuando ese dramático silencio fue interrumpido por las lacónicas palabras pronunciadas con total frialdad por un controlador de la NASA poco después de la explosión: «Houston, obviously we have a major malfunction», algo así como «Houston, obviamente tenemos un problema muy grande».
Pues sí, Houston evidentemente tenía un problema muy grande, tan grande como que su plan para resucitar los días gloriosos de la NASA había volado por los aires en cuestión de 73 segundos, convirtiendo en mártires involuntarios a seis profesionales del espacio y la primera civil que quiso conquistar el cosmos en nombre del pueblo llano.

Durante toda aquella triste jornada, en mi colegio -y supongo que en la mayoría de las escuelas estadounidenses- se suspendieron todas las clases y actividades ordinarias. Al igual que cinco años antes, cuando un desequilibrado intentó asesinar a Ronald Reagan, los alumnos nos pasamos todo el día viendo una y otra vez las terroríficas imágenes del accidente, escuchando las explicaciones de los técnicos de la NASA, escribiendo redacciones sobre cómo nos había impactado lo ocurrido, y emocionándonos de nuevo cuando el presidente se dirigió a «todos los niños de América» para decirnos que aunque «no es fácil entenderlo, a veces pasan cosas tan dolorosas como ésta»Este es, nos dijo, el precio que tiene que pagar el ser humano «para ampliar sus horizontes», el peaje inevitable de «la exploración y el descubrimiento». Esa fue la última, noble lección que nos dio a todos aquella mañana la profesora Christa McAuliffe.
No dejo de pensar en ella desde que vi un documental en History sobre el accidente. Reconozco que, desde que tengo memoria, capta más que mi atención todo lo relacionado con es espacio, el cosmos o el universo . Desde otro lado, porque soy profe de Lengua y Literatura, no de historia o de ciencias. Es que a mí me apasionan los cuentos de ciencia ficción. De hecho, uno de mis libros preferidos es "El hombre ilustrado" de Ray Bradbury donde se encuentra uno de mis cuentos favoritos. Desde ese entonces, no dejo de pensar qué visión tenía el mundo sobre el "docente" en ese entonces (porque queda claro qué visión tenía Christa del mundo, ¿No?).  Reagan lo ha definido muy bien: una persona ordinaria -un docente- que por una de esas cosas de la vida se gana la oportunidad de viajar al espacio pero que nunca llega porque muere cuando explota la nave a segundos del lanzamiento, sería algo así como el precio que debe pagar el ser humano para ampliar sus horizontes, peaje inevitable de la exploración y el descubrimiento.

Todos sabemos que la NASA, creación de yankilandia, tiene dos caras. Son como dos cosmovisiones. Una, la épica que está repleta de carreras ganadas y hazanas logradas. La otra, la realista que está repleta de secretos escondidos e impericias (Este accidente fue provocado por el congelamieno de una parte de la nave que no fue supervisada antes del despegue o el hecho de que la muerte de varios astronautas en las pruebas y los entrenamientos durante la carrera espacial vs. Rusia pudo haberse evitado). En la primera, Christa es una heroína. En la segunda, una vida más (y que no importa mucho) que se pierde a favor de un bien común y mayor.



Tal vez, no seamos ni héroes ni vidas que se sacrifican. O tal vez seamos todo esto. Pero cuando me pregunto qué significa ser docente no puedo dejar de pensar que somos personas que tenemos la dicha de alimentarnos de lo ordinario para poder construir algo extraordinario.

Por eso, sí, Christa es una heroína como lo son un montón de otros docentes que pululan por el mundo recolectando los ingredientes para cocinar el futuro. Sólo que éstos son más terrestres y nunca viajarán al espacio a dar clases (o tal vez metafóricamente, sí, quién puede saberlo)

¿Por qué, entonces, ser docente hoy? Porque tenemos una semilla plantada en nuestro interior. Porque somos heroes a nuestra manera. O por qué no, señor Reagan que en paz descanse, porque somos el precio que debe pagar el ser humano para ampliar sus horizontes.

¿Para qué ser docente en un mundo sin futuro, para qué ser docente a pesar de la NASA, a pesar de Reagan, a pesar de cualquiera que no crea en nosotros?. Para dar a conocer el mundo entero a los niños y jóvenes de nuestro planeta (ya sea la superficie terrestre o el espacio sideral, como lo quiso hacer Christa) :)

Me despido por hoy, con una frase de Christa:


Muy cierta por cierto. No debemos arar, como docentes, de plantarles sueños a nuestros estudiantes. De sueños se alimenta la vida. Sin sueños, morimos.

Y por último, les dejo el cuento al que hacía referencia más arriba, el de Ray Bradbury. Espero que les guste


El hombre del cohete



—Me ayudarás, ¿no es cierto? No quiero que se vaya otra vez.
—Haré lo posible —le dije.

—Por favor. —Las luciérnagas lanzaban unas móviles lucecitas sobre el rostro pálido—. No puede volver a irse.

—Bueno —dije, deteniéndome un momento—. Pero todo será inútil.

Mamá se fue y las luciérnagas volaron detrás, con el brillo de sus circuitos eléctricos, como una constelación errante, enseñándole el camino entre las sombras. Aún oí que decía, débilmente:

—Hay que intentarlo.

Otras luciérnagas me siguieron a mi cuarto. Cuando el peso de mi cuerpo cortó el flujo de energía en el interior de la cama, las luciérnagas se apagaron. Era medianoche, y mamá y yo esperamos en nuestros cuartos, en nuestras camas, separados por la oscuridad. La cama me acunó, cantando suavemente. Apreté un botón. El canto y el balanceo pararon. Yo no quería dormirme. No, de ninguna manera.

Esa noche no era distinta de muchas otras noches. Nos despertába- mos y sentíamos que el aire fresco se calentaba, sentíamos el fuego en el viento, o veíamos que las paredes se encendían unos segundos, con un color brillante, y sabíamos entonces que su cohete pasaba sobre la casa... Su cohete, y los robles se balanceaban a su paso. Yo seguía acostado con los ojos abiertos, y el corazón palpitante; y mamá seguía en su alcoba. Su voz llegaba hasta mí a través de la radio.

—¿Sentiste?

Y yo le respondía:

—Sí, era él.

Era la nave de papá, que pasaba sobre el pueblo, un pueblo pequeño adonde nunca venían los cohetes del espacio. Mamá y yo nos quedábamos despiertos las próximas dos horas pensando: “Ahora papá ate- rriza en Springfield; ahora camina por la pista; ahora firma los papeles; ahora sube al helicóptero; ahora pasa sobre el río; ahora sobre las colinas; ahora el helicóptero desciende en el aeropuerto de Green Village, aquí...”. Y ya había pasado la mitad de la noche, y mamá y yo, desde nuestras frescas camas, escuchábamos, escuchábamos. “Ahora camina por la calle Bell, siempre camina... nunca toma un carro... Ahora cruza el parque, ahora voltea en la esquina de Oakhurst y ahora...”.

Me incorporé en la cama. Allá abajo, en la calle, cada vez más cerca, vivos, rápidos, decididos... unos pasos. Ahora ante nuestra casa; en los escalones del corredor. Y los dos, mamá y yo, sonreímos en la oscuridad al oír la puerta de entrada, que se abre al reconocerlo, y lo saluda, y se cierra, allá abajo...

Tres horas más tarde hice girar suavemente la cerradura de la puerta del dormitorio de mis padres, reteniendo el aliento, en medio de una oscuridad tan inmensa como el espacio que separa los planetas, con la mano extendida hacia esa maleta negra abandonada a los pies de la cama. La tomé y corrí a mi cuarto, pensando: “No quiere hablarme de eso. No quiere que yo sepa”.

Y de la maleta salió el uniforme oscuro, como una nebulosa oscura, con algunas estrellas brillantes, aquí y allá, desparramadas sobre la tela. Apreté el vestido negro entre las manos febriles y respiré el olor del planeta Marte, un olor de hierro, y del planeta Venus, un olor de hiedra verde, y del planeta Mercurio, un aroma de azufre y fuego. Y pude sentir el olor de la luna blanca como la leche y la dureza de las estrellas. Metí el uniforme en una máquina centrífuga que había construido ese año en mi taller del colegio y la hice girar.

Pronto un polvo fino se precipitó en el fondo de la máquina. Puse el polvo bajo el lente de un microscopio, y mientras mis padres dormían confiadamente, y mientras la casa dormitaba con todos sus hornos, sus servidores y robots automáticos sumergidos en una modorra eléctrica, yo examiné atentamente las motas brillantes del polvo de los meteoros, de la cola de los cometas y del lejano planeta Júpiter. Y esas partículas de polvo eran como mundos que me atraían a través del microscopio, a través de un billón de kilómetros, con terroríficas aceleraciones.

Al alba, agotado por mi viaje, y con miedo de que me descubrieran, llevé el empaquetado uniforme al dormitorio de mis padres.

En seguida me dormí. Sólo me desperté una vez al oír el pito del camión de la lavandería que se detenía en el patio del fondo. Por suerte no esperé, me dije a mí mismo, pues dentro de una hora devolverían el uniforme limpio de mundos y travesías.

Me dormí otra vez, con el frasquito de polvo mágico en un bolsillo de la pijama, sobre el corazón palpitante.

Cuando bajé las escaleras, allí estaba papá, ante la mesa del desayu- no, mordiendo su tostada.

—¿Has dormido bien, Doug? —me preguntó, como si no se hubiese movido, como si no hubiese estado afuera de casa tres meses.

—Muy bien —le contesté.

—¿Unas tostadas?

Apretó un botón y la mesa del desayuno me preparó cuatro doradas tajadas de pan.

Recuerdo a mi padre aquella tarde. Cavaba y cavaba en el jardín como un animal que busca algo. Allí estaba, moviendo con rapidez los brazos largos y morenos, plantando, arando, cortando, podando, con el rostro siempre inclinado hacia la tierra, con los ojos puestos constantemente en su trabajo, sin alzarlos nunca hacia el cielo, sin mirarme, sin mirar ni siquiera a mamá, salvo cuando nos arrodillábamos a su lado y sentíamos que la tierra pasaba a través de nuestras ropas y nos humedecía las rodillas, y metíamos las manos entre los terrones oscuros, y no mirábamos el cielo brillante y furioso. Entonces papá lanza- ba una mirada, a la derecha o a la izquierda, hacia mamá o hacia mí, y nos guiñaba el ojo alegremente, y seguía inclinado, con el rostro bajo, con los ojos del cielo clavados en su espalda.

Aquella noche nos sentamos en la hamaca mecánica del corredor. Y la hamaca nos acunó, y levantó una brisa hacia nosotros, y cantó para nosotros. Era una noche de verano, y había claro de luna, y bebíamos limonada, y nuestras manos apretaban los vasos fríos, y papá leía los estereoperiódicos colocados en ese sombrero especial que uno se pone en la cabeza, y que cuando uno parpadea tres veces, vuelve las páginas microscópicas ante los lentes de aumento. Papá fumó algunos cigarrillos y me habló de cuando era niño, en 1997. Y después de un rato, me dijo, como en tantas otras noches:

—¿Por qué no juegas, Doug?

No dije nada, pero mamá respondió:

—Él juega otras noches, cuando no estás aquí.

Papá me miró, y luego, por primera vez en aquel día, alzó los ojos al cielo. Cuando papá miraba las estrellas, mamá lo observaba atentamente. El primer día, y la primera noche, después de alguno de sus viajes, papá no miraba mucho el cielo. Lo veo aún en el jardín, trabajando furiosamente, con el rostro pegado a la tierra. Pero la segunda noche papá miraba las estrellas un poco más. A mamá no le importaba mucho el cielo de día, pero de noche hubiese querido apa- gar todas las estrellas. A veces yo casi podía ver que mamá buscaba un interruptor eléctrico en el interior de su mente, pero nunca lo encontraba. Y a la tercera noche, papá se quedaba ahí, en el corredor, hasta que todos estábamos ya listos para acostarnos, y entonces yo oía la voz de mamá que lo llamaba, casi igual que a mí, cuando yo estaba en la calle. Y luego yo oía a papá que aseguraba el ojo eléctrico de la cerradura con un suspiro. Y a la mañana siguiente, a la hora del desayuno, mientras papá extendía la mantequilla sobre su tostada, yo bajaba los ojos y veía la maleta negra a sus pies. Mamá se levantaba tarde.

—Bueno, hasta pronto, Doug —me decía papá, y nos dábamos la mano.

—¿Tres meses?

—Eso es.

Y papá se alejaba por la calle, sin tomar un helicóptero, o un bus, llevando debajo del brazo el uniforme escondido en la maleta. No quería parecer orgulloso exhibiéndose ante otros como un hombre del espacio.

Mamá bajaba a desayunar, sólo una tostada seca, una hora más tarde.

Pero ahora era de noche, la primera noche, la mejor, y papá no mi- raba mucho las estrellas.

—Vamos a la feria de la televisión —dije.

—Bueno —dijo papá.

Mamá me sonrió.

Y volamos a la ciudad en un helicóptero y le mostramos a papá mil espectáculos, para que no alzara la cabeza, para que nos mirara, y no mirara nada más. Y mientras nos reíamos con las cosas graciosas y nos poníamos serios con las cosas serias, yo pensaba:

“Mi padre va a Saturno y a Neptuno y a Plutón, pero nunca me trae regalos. Otros chicos con padres que también viajan en cohetes reciben minerales negros de Calisto, y fragmentos de meteoros oscuros, y arena azul. Pero yo tuve que reunir mi colección cambiando cosas con los otros chicos”. Yo tenía mi cuarto lleno de piedras de Marte y arenas de Mercurio, pero papá nunca me hablaba de eso. Una vez, recuerdo, papá le trajo algo a mamá. Plantaron en el jardín los girasoles marcianos, pero cuando papá llevaba un mes afuera, y los girasoles empezaban a crecer, mamá salió y los arrancó de raíz.

Sin pensarlo, mientras mirábamos una de las pantallas tridimensionales, le hice a papá la pregunta de siempre:

—¿Cómo es estar en el espacio?

Mamá me miró con ojos asustados. Pero ya era tarde.

Papá se quedó callado medio minuto, tratando de encontrar una respuesta. Al fin se encogió de hombros.

—Lo mejor de lo mejor —me dijo, y añadió mirándome con ansiedad—: Oh, no es nada, realmente. Rutina. No te gustaría.

—Pero siempre vuelves allá.

—Costumbre.

—¿Cuándo volverás a salir?

—Aún no lo he decidido. Lo pensaré.

Siempre lo pensaba. En aquellos días no abundaban los pilotos de cohetes y papá podía elegir el trabajo, podía trabajar en cualquier momento. Cuando llevaba tres noches en casa, papá buscaba y elegía entre varias estrellas.

—Vamos —dijo mamá—. Volvamos a casa.

Llegamos temprano. Quise que papá se pusiese el uniforme. No debí pedírselo —mamá se entristecía—, pero no pude dominarme. Insistí varias veces, aunque papá siempre se negaba. Nunca lo había visto vestido de uniforme. Al fin papá dijo:

—Oh, bueno.

Esperamos en la sala mientras papá subía en el tubo neumático. Mamá me miró con ojos extraviados, como si no pudiese creer que yo fuese su propio hijo. Aparté la vista.

—Lo siento —dije.

—No estás ayudándome —me dijo mamá—. Nada.

Un instante después se sintió el silbido del tubo neumático.

—Aquí estoy —dijo papá, serenamente.

Lo miramos. Se había puesto el uniforme.

El vestido era negro, y brillante, con botones de plata, y botas con adornos de plata. Parecía como si los brazos, las piernas y el cuerpo hubiesen sido arrancados de alguna nebulosa oscura. Unas débiles estrellitas brillaban apenas a través de la nebulosa. El vestido ceñía el cuerpo como un guante que ciñe una mano larga y fina, y tenía un olor a aire frío, metal y espacio. Tenía el olor del fuego y el tiempo.

Papá nos sonreía torpemente desde el centro de la habitación.

—Date vuelta —dijo mamá.

Los ojos de mamá miraban a papá como desde muy lejos.

Cuando papá salía de viaje, mamá no hablaba de él. Sólo hablaba del tiempo, o de que tenía que lavarme la cara, o de que no podía dormir. Una vez me dijo que la luz era muy fuerte de noche.

—Pero no hay luna esta semana —le dije.

—Entra la luz de las estrellas —me dijo.

Salí y compré unas persianas más verdes y más oscuras. Esa noche, mientras estaba acostado, oí cómo mamá las bajaba. Las persianas susurraron largamente.

Una vez quise cortar el prado.

—No —dijo mamá desde el umbral—. Guarda esa máquina.

El pasto creció libremente durante casi tres meses. Papá lo cortó cuando vino a casa.

Mamá no quería que yo arreglase la mesa que preparaba el desayuno, o la máquina lectora. No me dejaba tocar nada, lo guardaba todo para las navidades. Y luego venía papá y martillaba y remendaba, sonriendo, y mamá sonreía, feliz, a su lado.

No, ella nunca hablaba de papá mientras él estaba ausente. En cuanto a papá, nunca trataba de llamarnos a través de ese billón de kilómetros. Una vez nos dijo:

—Si los llamara, querría verlos. No podría vivir tranquilo.

Y otra vez papá me dijo:

—Tu madre me trata a veces como si yo no estuviese aquí, como si yo fuese invisible.

Yo ya lo sabía. Mamá miraba más allá de papá, por encima de su cabeza. Le miraba las mejillas, o las manos; pero nunca los ojos. Cuando lo hacía, los ojos de mamá se cubrían con un velo tenue, como un animal que va a dormirse. Mamá decía que sí en los momentos oportunos, y sonreía, pero siempre un poco tarde.

—No estoy para ella —decía papá.

Pero otros días mamá estaba allí y papá estaba para mamá, y se tomaban de la mano, y paseaban alrededor de la manzana, o salían en carro, y los cabellos de mamá flotaban en el aire como los de una chica, y mamá apagaba todos los aparatos de la casa y cocinaba para papá pasteles y tortas increíbles, y lo miraba fijamente con una sonrisa que era de veras una sonrisa. Pero al terminar esos días en que papá parecía estar allí para mamá, mamá siempre lloraba. Y papá, de pie, impotente, miraba a su alrededor como buscando una respuesta, pero no la encontraba nunca.

Papá giró lentamente, con su uniforme, para que pudiésemos verlo.

—Date vuelta otra vez —dijo mamá.

A la mañana siguiente papá entró en casa corriendo con un puñado de tiquetes. Tiquetes rosados para California, tiquetes azules para México.

—¡Vamos! —nos dijo—. Compraremos esas ropas baratas y una vez usadas las quemaremos. Miren, tomaremos el cohete del mediodía para Los Ángeles, el helicóptero de las dos para Santa Bárbara, y el avión de las nueve para Ensenada, ¡y pasaremos allí la noche!

Y fuimos a California, y paseamos a lo largo de la costa del Pacífico un día y medio, y nos instalamos al fin en las arenas de Malibú para comer mariscos en la noche. Papá se pasaba el tiempo escuchando o canturreando u observando todas las cosas, atándose a ellas como si el mundo fuese una máquina centrífuga que pudiera arrojarlo, en cualquier momento, muy lejos de nosotros.

La última tarde en Malibú, mamá estaba arriba en el hotel y papá estaba a mi lado acostado en la arena, bajo la cálida luz del sol.

—Ah —suspiró papá—. Así es. —Tenía los ojos cerrados. Estaba de espaldas, absorbiendo el sol—. Allá falta esto —añadió.

Quería decir “en el cohete”, naturalmente. Pero nunca decía “el cohete”, ni nunca mencionaba esas cosas que no había en un cohete. En un cohete no había viento de mar, ni cielo azul, ni sol amarillo, ni la comida de mamá. En un cohete uno no puede hablar con su hijo de catorce años.

—Bueno, oigamos esa historia —me dijo al fin.

Y yo supe que ahora íbamos a hablar, como otras veces, durante tres horas. Durante toda la tarde íbamos a conversar, bajo el sol perezoso, de mi colegio, mis clases, la altura de mis saltos, mis habilidades de nadador.

Papá asentía de cuando en cuando con un movimiento de cabeza, y sonreía y me golpeaba el pecho, aprobándome. Hablábamos. No hablábamos de los cohetes y el espacio, pero hablábamos de México, a donde habíamos ido una vez en un viejo carro, y de las mariposas que habíamos cazado en los húmedos bosques del verde y cálido México, un mediodía. Nuestro radiador había aspirado un centenar de mariposas, y allí habían muerto, agitando las alas, rojas y azules, estremeciéndose, hermosas y tristes.

Hablábamos de esas cosas, pero no de lo que yo quería. Y papá me
escuchaba. Sí, me escuchaba, como si quisiera llenarse con todos 36    los sonidos. Escuchaba el viento, y el romper de las olas, y mi voz, con una atención apasionada y constante, una concentración que excluía, casi, los cuerpos, y recogía sólo los sonidos. Cerraba los ojos para escuchar. Recuerdo cómo escuchaba el ruido de la cortadora de pasto, mientras hacía a mano ese trabajo, en vez de usar el aparato de control remoto, y cómo aspiraba el olor del prado recién cortado mientras las hierbas saltaban ante él, y detrás de la máquina, como
una fuente verde.

—Doug —me dijo a eso de las cinco de la tarde, mientras recogíamos las toallas y echábamos a caminar por la playa, hacia el hotel, cerca del agua—. Quiero que me prometas algo.

—¿Qué, papá?

—Nunca seas un hombre del espacio.

Me detuve.

—Lo digo de veras —me dijo—. Porque cuando estás allá deseas estar aquí, y cuando estás aquí deseas estar allá. No te metas en eso. No dejes que eso te domine.

—Pero...

—No sabes cómo es. Cuando estoy allá afuera pienso: “Si vuelvo a Tierra me quedaré allí. No volveré a salir. Nunca”. Pero salgo otra vez, y creo que nunca dejaré de hacerlo.

—He pensado mucho tiempo en ser un hombre del espacio —le dije.

Papá no me oyó.

—He tratado de quedarme. El sábado pasado, cuando llegué a casa, comencé a tratar de quedarme, con todas mis fuerzas.

Recordé su figura sudorosa en el jardín, y cómo había trabajado, y cómo había escuchado, y supe que había hecho todo eso para convencerse a sí mismo de que sólo el mar y los pueblos y el paisaje y la familia eran las únicas cosas reales, las cosas buenas. Pero supe también qué haría papá esa noche: miraría las joyas de Orión desde el corredor de la casa.

—Prométeme que no serás como yo —me dijo.

Titubeé.

—Muy bien —le dije.

Papá me tomó la mano.

—Eres un buen muchacho.

La comida fue magnífica esa noche. Mamá había corrido por la cocina con puñados de canela, y harinas y cacerolas y ruidosas sartenes, y ahora un pavo enorme humeaba en la mesa, con salsas, arvejas y pasteles de calabaza.

—¿En pleno agosto? —dijo papá, asombrado.

—No estarás aquí en navidad.

—No, no estaré.

Papá se inclinó sobre la comida, aspirando su aroma. Levantó las tapas de todas las fuentes y dejó que el vapor le bañara la cara tostada por el sol.

—Ah —exclamó ante cada uno de los platos. Miró la habitación. Se miró las manos. Observó los cuadros en las paredes, las sillas, la mesa. Me miró a mí. Miró a mamá. Se aclaró la garganta. Vi que iba a decidirse.

—¿Lily? —dijo.

—¿Sí?

Mamá lo miró a través de su mesa, esa mesa que había preparado como una maravillosa trampa de plata, como un sorprendente pozo de salsas, donde, como una antigua bestia salvaje que cae en un lago de alquitrán, caería al fin su marido. Y allí se quedaría, retenido en una cárcel de huesos de ave, salvado para siempre. Los ojos de mamá refulgían.

—Lily —dijo papá.

Vamos, pensé yo ávidamente. Dilo, rápido. Di que vas a quedarte, para siempre, y que ya no te irás nunca. ¡Dilo!

En ese momento el paso de un helicóptero estremeció la habitación y los ventanales se sacudieron con un sonido cristalino. Papa volvió los ojos.

Allí estaban las estrellas azules de la tarde, y el rojo planeta Marte que se elevaba por el este.

Papá miró el planeta Marte durante todo un minuto. Luego, como un ciego, extendió la mano hacia mí.

—Pásame las arvejas —me dijo.

—Perdón —dijo mamá—. Voy a buscar un poco de pan.

Corrió a la cocina.

—Pero si hay pan aquí, en la mesa —exclamé.

Papá no me miró y empezó a comer.

No pude dormir aquella noche. A la una de la mañana bajé a la sala.

La luz de la luna era como una escarcha en los techos, y la hierba cubierta de rocío brillaba como un campo de nieve. Me quedé en el umbral, vestido sólo con mi pijama, acariciado por el cálido viento de la noche. Y vi entonces a papá sentado en la hamaca mecánica, que se balanceaba suavemente. Su perfil apuntaba al cielo.

Miraba las estrellas que giraban en la noche, y los ojos, como cristales grises, reflejaban la luna.

Salí y me senté con él.

Nos hamacamos un rato. Y al fin le pregunté:

—¿De cuántos modos se puede morir en el espacio?

—De un millón de modos.

—Dime algunos.

—Los meteoritos. El aire se escapa del cohete. Un cometa que te arrastra. Un golpe. La falta de oxígeno. Una explosión. La fuerza centrífuga. La aceleración. El calor, el frío, el Sol, la Luna, las estrellas, los planetas, los asteroides, los planetoides, las radiaciones.

—¿Y dónde te entierran?

—No te encuentran nunca.

—¿A dónde vas entonces?

—Muy lejos. A un billón de kilómetros de distancia. Tumbas errantes. Así las llaman. Te conviertes en un meteoro o en un planetoide, y viajas para siempre a través del espacio.

No dije nada.

—Hay algo rápido en el espacio —dijo papá—. La muerte. Llega pronto. No se la espera. Casi nunca te das cuenta. Estás muerto, y eso es todo.

Subimos a acostarnos.

Era la mañana.

De pie en el umbral, papá escuchaba al canario amarillo que cantaba en su jaula de oro.

—Bueno. Lo he decidido —me dijo—. La próxima vez que venga a casa, será para quedarme.

—¡Papá! —exclamé.

—Díselo a tu madre cuando despierte —me dijo papá.

—¿Lo dices de veras?

Papá asintió muy serio.

—Hasta dentro de tres meses.

Y allá se fue, calle abajo, con su uniforme escondido en la maleta, silbando y mirando los árboles altos y verdes, y arrancando las moras al pasar rápidamente al lado de los cercos, y arrojándolas ante él mientras se alejaba entre las sombras brillantes de la mañana...

Cuando habían pasado algunas horas desde la partida de papá, le hice a mamá varias preguntas.

—Papá dice que a veces parece que no lo oyeras o que no pudieses verlo.

Y entonces mamá, serenamente, me lo explicó todo.

—Cuando empezó a viajar por el espacio, hace ya diez años, me dije a mí misma: “Está muerto. O lo mismo que muerto”. Así que pensé en tu padre como si estuviese muerto. Y cuando tu padre regresa, tres o cuatro veces al año, no es él realmente, sólo es un sueño, un recuerdo agradable. Y si el sueño se interrumpe o el recuerdo se borra, ya no puede dolerme mucho. Así que casi siempre me lo imagino muerto...

—Pero otras veces...

—Otras veces no puedo impedirlo. Preparo pasteles, y lo trato como si estuviese vivo; pero sufro mucho entonces. No, es mejor pensar que no ha vuelto desde hace diez años, y que ya nunca lo veré. Así duele menos.

—¿Pero no dijo que iba a quedarse la próxima vez?

—No. Está muerto. Estoy segura.

—Pero volverá vivo.

—Hace diez años —dijo mamá—, pensé: ¿Y si se muriese en Venus? No podríamos ver Venus otra vez. ¿Y si muriese en Marte? No podríamos ver Marte, tan rojo en el cielo, sin sentir deseos de meternos en casa y cerrar la puerta. ¿Y si muriese en Júpiter, Saturno o Neptuno? En las noches en que esos planetas brillan en lo alto del cielo no querríamos mirar las estrellas.

—Creo que no —le dije.

El mensaje llegó al día siguiente.

El mensajero me lo dio, y yo lo leí, de pie, en el corredor. El sol se ponía. Mamá me miraba fijamente desde el otro lado de las venatanas. Doblé el mensaje y me lo guardé.

—Mamá —dije.

—No me digas nada que yo ya no sepa —me dijo mamá.

Mamá no lloró.

Bueno, no fue Marte, ni Venus, ni Júpiter ni Saturno. Cuando Marte o Saturno se levantasen en el cielo de la tarde no tendríamos que pensar en papá.

Se trataba de algo distinto.

La nave había caído en el Sol.

Y el Sol era enorme, y ardiente, e implacable. Y estaba siempre en el cielo. Y uno no podía alejarse del Sol.

Así que durante mucho tiempo, después de la muerte de papá, mamá durmió de día y dejó de salir. Desayunábamos a medianoche y almorzábamos a las tres de la mañana y comíamos bajo la luz fría y pálida de las primeras horas del alba. Íbamos a los espectáculos nocturnos y nos acostábamos al amanecer.

Y durante mucho tiempo salimos a pasear sólo en los días de lluvia, cuando no había sol.

miércoles, 5 de abril de 2017

Los 5 mejores sistemas educativos del mundo

Fuente: Clarín

Las fórmulas del éxito escolar son variadas y dependen de una combinación de múltiples factores: la capacitación docente, la inclusión de la tecnología en el aula, la contención emocional, entre otras tantas cuestiones, y todo esto bajo el ala de la inversión económica como apuesta fuerte al futuro. Estos son los 5 sistemas que elegimos destacar:
1. Finlandia
El modelo educativo finlandés es uno de los protagonistas del genial documental de Michael Moore “¿Qué invadimos ahora?”. Este modelo se caracteriza por ser exigente en un aspecto pero más flexible en otro. Los alumnos tienen 5 horas de clases y no se llevan tareas a su casa, por lo que los chicos tienen mucho tiempo para usar en actividades extracurriculares que los estimulen y seduzcan sus intereses individuales. Los salones tienen espacios de juego y están decorados para estimular al máximo la creatividad. Nada de salones grises y barrotes. ¡Mirá el video!


2. Corea del Sur
El modelo educativo de Corea del Sur se caracteriza por gestionar un ambiente en el que se promueve una alta competitividad entre los alumnos. Es muy estricto y riguroso. Uno de los principios que rigen este sistema es estimular el estudio como medio para alcanzar el crecimiento económico del país. Su lema es: “Si eres el primero en la clase, lo serás en la vida”. Los resultados que se obtienen son positivos. El gobierno destina casi el 7% del PBI a la educación. Lo que se critica de este sistema, apoyado en los altos niveles de exigencia de la sociedad surcoreana en todas las áreas, es el estrés y la competitividad que a veces dejan de lado otras cuestiones emocionales que también son importantes para el desarrollo de niños sanos, activos y felices.

3. Japón
Este sistema, como el surcoreano, se caracteriza por un grado alto de competitividad entre los alumnos. Se estudia muchas horas y los deberes son habituales. La particularidad es que, además de asistir a clases, los alumnos tienen que realizar tareas de servicio dentro de la escuela y en la ciudad. Esto les inculca una gran valoración del trabajo desde pequeños y un sentido de comunidad. Se desarrollan actividades culturales y artísticas múltiples y se focaliza en la habilidad para resolver problemas con juicio crítico. La educación es mayoritariamente pública y gratuita.

4. Holanda
Holanda invierte en educación, las escuelas privadas reciben fondos del Estado para ejercer su labor educativa. Entre los pilares se encuentran: la igualación de todos los sectores económicos y etnias a través de la tecnología (todos tienen acceso al mundo digital); el desarrollo del sentido crítico; promoción cultural y aprendizaje de otras lenguas. Más que memorizar, se enseña a “aprender a aprender”. Fomentar la colaboración, la independencia y el uso de las tecnologías y las manera lúdicas de acercarse a las asignaturas.
5. Canadá
Los alumnos tienen la posibilidad de que sus clases se dicten en francés o en inglés, gracias a que Canadá es considerado uno de los países líderes en educación bilingüe. Los chicos estudian de manera obligatoria desde los 5 o 6 años y hasta los 18. Se da atención personalizada al alumnado inmigrante y se focaliza en la aceptación de la diversidad en el aula. La educación social y emocional tiene como horizonte prevenir las situaciones de agresión y acoso escolar. Canadá tiene uno de los índices de graduados de universidades más altos del mundo.

lunes, 3 de abril de 2017

Si no lees, no sabes escribir y si no sabes escribir no sabes pensar

Autor: @alepholo

Hoy todos escriben, todos quieren expresar sus sentimientos y opiniones, pero, ¿quién lee? En cierta forma la lectura es una actividad superior a la escritura; sólo podemos escribir con el lenguaje que hemos adquirido leyendo. La lectura es la materia prima de la escritura y la posibilidad de crear una obra que tenga belleza y profundidad o simplemente claridad, se basa en las lecturas que hemos hecho y lo que hemos aprendido de otros autores (sus palabras se vuelven las nuestras, se mezclan con nuestros pensamientos y experiencias). Así se destila la escritura, como una refinación del pensamiento no sólo personal, sino del tiempo mismo.
Para muchas personas es más atractivo escribir, tiene más glamour –algo que quizás se deba a la inmadurez y al egoísmo–, pero grandes escritores nos dicen que la felicidad en realidad está en la lectura. Borges es especialmente fértil en este sentido: "la felicidad, cuando eres lector, es frecuente". Y la célebre: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído". 
Hay una frase contundente, que si no mal recuerdo es de Juan José Arreola, "Si no lees, no sabes escribir. Si no sabes escribir no sabes pensar". Una sencillez aforística que debe ser el fruto de la labor intelectual de un buen lector. 
Edmund Husserl escribe en su Lógica formal y Lógica trascendental: "El pensamiento siempre se hace en el lenguaje y está totalmente ligado a la palabra. Pensar, de forma distinta a otras modalidades de la conciencia, es siempre lingüístico, siempre un uso del lenguaje". Así que si no tenemos palabras, si no tenemos lecturas en nuestra memoria que enriquezcan nuestro lenguaje, nuestro pensamiento será muy pobre. Las personas toleran no ser buenos lectores, pero si se les dice que no saben pensar, esto lastima su orgullo y, sin embargo, una condiciona a la otra. Así, la lectura es una herramienta de desarrollo fundamental. Y donde mejor se desenvuelve esta herramienta es en los libros, no en los pequeños artículos que dominan la circulación de la Web; el encuentro con el lenguaje merece un espacio de concentración –el medio es también el mensaje–, un encuentro a fondo con la mente de un autor que puede haber muerto hace cientos de años pero que vive, al menos meméticamente, en el texto que se trasvasa a nuestra mente. 
Podemos también preguntarnos si es que existe o no la conciencia sin el lenguaje. Aunque una primera lectura de las filosofías de la India parecería indicar que para los pensadores que nos dieron el yoga y la meditación, la conciencia existe más allá del pensamiento lingüístico (que es, de hecho, todo lo que existe), como ocurre en los estados de absorción meditativa (jñanas), también se debe notar que en el hinduismo el universo es generado a partir de la letra A del sánscrito, de la cual también se deriva la sílaba creadora OM. Posteriormente, en el budismo tibetano la letra A del alfabeto tibetano (parecida a la A del sánscrito) es también considerada una especie de fuente cósmica creativa, y se representa como emanando los cinco elementos en un thigle (bindu en sánscrito). Tenemos por supuesto la cábala, donde el universo entero es lo que se produce cuando se pronuncian los nombres divinos; la letra Aleph, tiene suprema importancia (como exploró Borges en su cuento, donde el Aleph es justamente como una especie de thigle o punto donde se encuentra la totalidad del universo). Sin embargo, el mundo es creado con la letra Bet, con la palabra Bereshit, que David Chaim Smith traduce no como inicio, sino algo así como "inicialidad" (beginingness), para denotar la constancia de la creación, un acto perenne que no ocurre en el pasado, sino en el presente. En suma, el mundo se crea con la palabra y esto es así no sólo en una visión esotérica o religiosa de la realidad, lo es en nuestra vida cotidiana: sólo alcanzamos a distinguir las formas una vez que tenemos los nombres.
De cualquier manera queda claro que la lectura como surtidor de las palabras que animan nuestra conciencia es un aspecto esencial de lo que es un ser humano que piensa el mundo. Podemos existir sin pensar, y a veces el pensamiento se convierte en un ruido que enferma la mente, pero en el pensamiento, con el poder de la palabra, tenemos una potencia divina. Como escribió Hölderlin:
Sin embargo, nos compete, bajo la tormenta de Dios,
Oh poetas, erguidos y con la cabeza descubierta,
Asir con nuestras propias manos el rayo de luz del Padre,
Y pasar, envuelto en canción, ese regalo divino a la gente.

sábado, 1 de abril de 2017

Un niño de 13 años deja la escuela y diseña su propio sistema educativo (video)

Fuente:

Con 13 años de edad, Logan Laplante se sube al pódium de TED y dicta una conferencia acerca de la importancia de hackear la educación tradicional. Sus padres decidieron sacarlo de la escuela a los nueve años y permitir que el niño buscara un camino más afín a él, que fomentara su creatividad en lugar de ofuscarla. Logan ahora recibe enseñanza hogareña, estudia las materias estándar (física, química, matemáticas, literatura…) en Starbucks y también forma parte, por ejemplo, de grupos de alpinismo y esquí.

Lo que Logan parece haber hackeado es que lo importante no es a qué te vas a dedicar cuando seas grande, sino qué tan sano y feliz estés. Allí, de acuerdo a Logan, reside el gran problema de la educación, y hackearlo depende absolutamente de quién lo haga. De sus tendencias e intereses, de su capacidad de hacerlo. Él parece tener una capacidad y elocuencia muy por encima del puberto común. Pero por otro lado, también parece estar programado para encarnar todas las tendencias y “modas TED” de la actualidad.

Parece hablar de sí mismo como si se leyera (como un lugar común) desde la perspectiva de ojos adultos: “Soy un adolescente”, dice, “y cómo la mayoría de los chicos adolescentes, paso la mayor parte de mi tiempo preguntándome cómo se desordenó tanto mi cuarto por sí solo… o cómo consigo gustarle a las chicas”. Pero, como él mismo apunta en su conferencia, ya era hora de que un adolescente hablara por los intereses de los adolescentes y su educación. En ese sentido, su plática es muy relevante.

Su premisa principal es: “¿Qué pasaría si basáramos la educación en la práctica de estar felices y sanos?”. Y la dirige al público adulto que toma esa gama de decisiones. Logan habla de los contrastes entre un tipo y otro de educación y cómo en el sistema usual se omite la enseñanza de ser felices y estar saludables, los dos elementos más importantes de la vida. Dicho de otra manera: no somos felices porque triunfamos, sino que triunfamos porque antes supimos ser felices.

Hackear la educación es una manera de empoderar al niño a decidir qué lo hace feliz y qué fomenta su creatividad, propuesta que, sin duda, vale la pena atender.



viernes, 31 de marzo de 2017

5 ejercicios para estimular la creatividad

Por Facundo Arena, autor de "El Camino de la Creatividad". 
Twitter: @facundoarena

"Crear es simplemente, una cuestión de conectar los puntos(Steve Jobs). Los grandes creativos de la historia fueron y son personas que han sabido combinar muy bien los recursos y elementos que tenían a su disposición. Combiná ideas, objetos, recuerdos o relaciones y te vas a encontrar inmediatamente en medio de un proceso cuyo resultado dependerá en gran parte de los elementos y del ingenio.
Por esta razón, para ser "más creativos" debemos ejercitar dos aspectos fundamentales del proceso: el primero reside en nuestra capacidad de observación y percepción, la cual nos va a permitir tener más (o mejores) elementos a la hora de crear. El segundo es nuestra destreza para combinar esos elementos.
Si no sabés por dónde empezar, no te preocupes. Estos cinco ejercicios sencillos son un buen punto de partida:
1. Anotá las tres últimas oraciones de tus últimos tres chats del teléfono celular en un papel o en el anotador del mismo dispositivo. Ahora combiná esas frases en un texto (un relato, una poesía o una canción, por ejemplo) que tenga sentido para vos.
2. En un papel en blanco escribí en la parte superior la frase "¿Qué tal si...?" Ahora tomate cinco minutos para anotar una sucesión de todas las respuestas que te vengan a la mente. Durante estos cinco minutos no pretendas darle coherencia a las respuestas; intentá escribir "sin filtros". Este ejercicio también funciona muy bien en grupos, haciendo circular el papel sucesivas veces entre todos los participantes.
3. Con la cámara de fotos de tu celular, fotografíá todos los objetos azules que están en el lugar en el cual te encontrás. Luego los verdes. Armá un álbum en tu aplicación de fotos con esos objetos y ordenalos en función de cuán frecuentemente los usás o los ves. Este ejercicio podés realizarlo periódicamente en diversos ambientes.
4. Recordá un evento reciente de la última semana y preguntate: "¿Qué podría haber pasado si...?" Estudios cognitivos afirman que esta aproximación a los eventos pasados estimula nuestra imaginación y nuestra creatividad.
5. Escribí, todos los días, mucho. La escritura es la herramienta fundamental para bocetar ideas, desarrollar proyectos y construir nuestros propios relatos creativos. Escribí periódicamente con lápiz y papel, vas a ejercitar no solo tu caligrafía, sino también todas las áreas de tu mente que están íntimamente relacionadas con la imaginación, la generación de ideas y el pensamiento análitico. Y si no sabés sobre qué escribir, escribí lo primero que te venga a la mente (aunque no tenga sentido).
Es importante destacar que si bien estos ejercicios pueden ser realizados sin moverte del sillón, lo cierto es que la creatividad es un proceso dinámico, un proceso que fluye mejor en movimiento. Por esta razón muchos artistas, científicos e ingenieros tenían frecuentes rutinas para salir a caminar (caminar activa la circulación y facilita la generación y combinación de ideas).
Para terminar, recordá que la creatividad es un músculo que debe ejercitarse periódicamente, siempre a través de estímulos y experiencias. Por eso, si querés ser más creativa, no te olvides de mantener tu cerebro activo y tus sentidos bien despiertos.

jueves, 30 de marzo de 2017

Por qué la escuela tradicional es un fracaso en todo el mundo

Fuente:

"La escuela, tal como funciona en América Latina y en buena parte del mundo, tiene un formato que fue glorioso en la modernidad, pero que hoy parece estar agotado, sin poder restablecer su éxito. Hacemos lo posible para hacerla funcionar, pero no podemos", explica Jorge Eduardo Noro, doctor en educación por la Universidad Católica de Santa Fe, Argentina, en diálogo con Infobae.

"Hace aproximadamente 20 o 30 años que hace agua y no hay forma de encontrarle el rumbo, a pesar de los cambios que se han introducido", agrega.

Alumnos que aparentemente no quieren aprender, profesores que no saben cómo captar su atención, directivos que no pueden gobernar la institución y padres que ya no acompañan a sus hijos. Todos componentes de una crisis que, con distintos niveles de intensidad, afecta a la escuela en gran parte del mundo.

La pérdida de la sacralidad

"La escuela tenía un rasgo de sacralidad indiscutible porque su nacimiento estuvo asociado a las confesiones religiosas, que buscaban educar a sus feligreses. Nunca se desprendió de todo de ese carácter sagrado. Pero a medida que fue pasando el tiempo, ese formato se secularizó y pasó a cumplir un rol fundamental en la conformación de los estados modernos", dice Noro.

"Pero hay un momento en el que esa estructura empezó a caerse, en un procesos que llamo de desacralización, que se dio entre los 80 y los 90. Hoy la escuela perdió el impacto educativo que tenía, y todos los que concurren a ella parecen participar de una misma ceremonia en la que nadie cree", agrega.

La escuela tradicional ha sido víctima de las profundas transformaciones ocurridas a lo largo de la última parte del siglo XX, que alteraron bruscamente la manera de ser de los más jóvenes. Sin poder reaccionar frente a esos cambios, su estructura se ve permanentemente desbordada por demandas que no puede satisfacer.

"En tiempos históricos de cambios constantes, es normal que se hable de crisis en las instituciones"

"En unos tiempos históricos de cambios constantes, es normal que se hable de crisis en las instituciones que llevan tiempo instaladas en la sociedad, como es el caso de la familia, de la escuela, de la iglesia. Entiéndase, pues, que la escuela, que pretende resultados a medio y a largo plazo, ha de tener dificultades para seguir el ritmo de unos tiempos donde impera la rapidez de respuestas y los resultados inmediatos", explica Jaume Sarramona, catedrático de Pedagogía de la Universidad Autónoma de Barcelona, en diálogo con Infobae.

Una de las grandes transformaciones tiene que ver con la manera en la que circula el conocimiento en la actualidad. En el pasado, la principal fuente de aprendizaje y de descubrimiento intelectual era la escuela.

Pero con el avance de los medios de comunicación y de internet, la relación de los jóvenes con el conocimiento dio un vuelco. Y a los docentes les cuesta cada vez más competir con lo que ofrecen estos nuevos difusores.

"Los principales desafíos a los que la escuela ha de responder en los países avanzados -dice Sarramona- son la pérdida del monopolio que tradicionalmente tenía de la información, porque es obvio que hay más información fuera que dentro de la escuela, y multiplicidad de valores que imperan socialmente. Al reflejar esa misma diversidad conceptual del mundo y la vida en sus profesionales, le resulta difícil determinar un modelo educativo que satisfaga todas las expectativas de las familias y del conjunto de la sociedad".

Otro cambio determinante se dio en la relación entre escuela, familia y sociedad. "La escuela emitía un mensajes redundante. Decía lo mismo que la familia y la sociedad repetían. Pero ahora los mensajes sociales, familiares y escolares están desarticulados", dice Noro.

Docentes y alumnos unidos, pero por el malestar

"Tenemos nuevos actores, nuevos jóvenes que van a la escuela, pero un modelo completamente anterior. Eso produce un sentimiento de malestar, tanto para los docentes, como para los estudiantes. Que es autoritaria, que no integra su socialización externa con nuevas formas de relacionarse con los otros y con nuevas formas de enseñar", dice Nancy Palacios Mena, magíster en sociología, especializada en educación, por la Universidad del Valle, Colombia, consultada por Infobae.

"La explicación de los docentes es que los alumnos no quieren estudiar, que las familias se están desintegrando y que los niños están desadaptados. Pero los jóvenes lo ven diferente. Dicen que lo que les enseñan los maestros no es interesante, que es aburrido. Entonces los intereses de los actores están enfrentados", agrega.

La escuela tradicional era más exclusiva y dejaba a muchos sectores de la sociedad afuera. En las últimas décadas se avanzó mucho en corregir esa desigualdad, y se logró incluir a casi todos.

"Hoy tenemos 40 sujetos con distintas características e historias familiares muy diferentes"

Pero hubo una consecuencia negativa, el público se hizo más heterogéneo, cuando el método de enseñanza de la vieja escuela estaba pensado para que todos los alumnos aprendan de la misma manera, a igual velocidad.

"Antes el docente enseñaba a 30 o 40 chicos que aprendían todos al mismo tiempo, a lo largo de nueve meses. Hoy tenemos sentados a 40 sujetos con distintas características sociales e historias familiares muy diferentes. Sus procesos y tecnologías de aprendizaje varían, pero hacemos como si todos fueran iguales", explica Noro.

Estos cambios hicieron que el trabajo docente se vuelva mucho más complejo. En un contexto en sí mismo más difícil por la pérdida de autoridad de la función.

"La figura ministerial que es le daba al docente en el pasado fue sustituida por la del trabajador de la educación. Así perdió autoridad y presencia social, y se vieron desvalorizados sus conocimientos", dice el pedagogo argentino.

Además, con el ingreso de actores masivos, la institución perdió el hermetismo que la dejaba al margen de muchos conflictos sociales. "Los problemas que tienen los países, como drogas y delincuencia, llegaron a la escuela. Eso provocó un choque generacional con los maestros, que entran en conflicto con las nuevas formas de socialización y de ver el mundo de los jóvenes", dice Palacios Mena.

Hacia una escuela del siglo XXI

"No podemos insistir con un modelo que basta asomarse a una escuela para ver que no funciona, que no creen en ella ni los directivos, ni los docentes, ni los alumnos, que cuando se les pregunta para qué van dicen 'porque nos obligan', y si no, no vendrían nunca. Se debería pensar algo que sea absolutamente transformador. La concepción de tiempo, de espacio, de homogeneización que tiene la escuela, todo eso que está naturalizado, debe replantearse", dice Noro.

¿Cómo tendría que ser el modelo educativo del futuro? Es muy difícil predecir cómo será un paradigma que aún no ha sido creado, pero algunas hipótesis se pueden sostener.

"Para dar respuesta a los desafíos indicados -dice Sarramona-, la escuela ha de profundizar en la flexibilidad organizativa interna, en la utilización de los recursos más diversos y actuales, donde entra inevitablemente el mundo digital, y en la atención personalizada de cada alumno, de modo que colabore a compensar las desigualdades sociales en vez de profundizarlas".

"La administración educativa -continúa- debiera preocuparse más de estos aspectos fundamentales que de determinar de forma detallada lo que tienen que hacer los docentes, a los cuales se debiera otorgar amplia libertad de acción a cambio de velar por la consecución de resultados óptimos".

En un mundo diversificado, dinámico y en permanente transformación es muy difícil imaginar un sistema escolar unificado a nivel nacional como el que existe hoy en gran parte del mundo.

"Deberíamos estar pensando en abrir otros modelos, sin necesidad de que haya un solo, homogéneo, que funcione en todo el país. Entonces, ¿por qué no pensar que sectores educativos privados, religiosos, del ámbito de las ONG y del estado mismo, no pueden empezar a implementar otras experiencias?", se pregunta Noro

"No va a haber una escuela del futuro con una única forma, sino que habrá múltiples maneras de llegar al final del camino, que puede ser la universidad. Muchos caminos:escuelas como las de ahora, otras mucho más abiertas, a distancia, familiares. Siempre garantizando el derecho de todo ciudadano a educarse", concluye.